Creo que llegué temprano. La emoción me apresuraba. La reservación que había hecho semanas atrás ya estaba lista. Pedí la mesa para dos, la que tanto nos gustaba.
Fue justo en esta mesa donde te vi por primera vez, ¿Recuerdas? Tú ibas acompañada, pasaste junto a mi, en la barra. Tu bolsa cayó al piso, la levanté, sonreíste agradecida y seguiste caminando; nerviosa, con prisa, completamente sonrojada. Me mirabas desde lejos. Tu mirada me gustaba. Y en ese momento, mientras te observaba, supe que había empezado mi historia contigo.
Saliste con él, de la mano. Me volviste a mirar y, aquella bolsa que nos había presentado, seguía en la mesa, cómplice de las miradas. Sabía que no la habías olvidado, estaba seguro de eso. La bolsa era la invitación a seguirte, a conocerte. Así que me paré enseguida, tomé la bolsa y salí corriendo tras de ti.
No habías llegado lejos. En la primer esquina y junto a un taxi te encontré, sola, de él no supe nada y mucho menos pregunté. Sin decir una palabra nos metimos en el taxi. Pocos kilómetros más adelante extendiste tu mano, me quitaste la bolsa, la pusiste sobre tus piernas, te acercaste a mi, y nos empezamos a besar.
Después de un par de indicaciones, el taxi nos había llevado hasta tu casa. Abriste la puerta mientras yo pagaba, nos bajamos, caminamos hacia unas escaleras, y subimos hasta llegar a la entrada de tu casa. Te besé desde la sala, hasta tu habitación. No recuerdo cuántas veces hicimos el amor.
Recuerdo que sentía tu respiración, tu aliento sobre mi cara, tus manos rasguñando mi espalda, recuerdo las caricias, te recuerdo dormida contra mi pecho. Aún recuerdo la siguiente mañana. Con el sol entrando por la ventana, dibujando tu silueta, hermosa, perfecta. La mejor de mis mañanas.
No llegas, ya es muy tarde. Te he intentado marcar, pero tu teléfono parece estar apagado, no respondes. Espero que no tengas mucho trabajo, trabajas tanto. Y yo aquí, sentado. Muero de nervios. Quiero que todo sea perfecto, llevo meses planeándolo. Pero esta noche nada nos puede salir mal.
No sé si pedir algo de tomar. Creo que esperaré hasta que llegues. Esto se debe celebrar. Tanto tiempo juntos, tantos planes.
El anillo no es muy caro, pero me lo ha hecho un joyero muy recomendado. Cuando llegué con él, lo único que me pidió es que le hablara de ti. Así que eso hice. Le conté de tu locura. Que te gusta pintar. Le dije que eras atrevida, aventurera, que te gusta viajar, que ayudas a los demás. Le hablé sobre tu boca, tus ojos, tu nariz pequeña. De lo mucho que te gusta obligarme a bailar. Y así surgió. Un anillo único, diseñado para ti, para tus manos. Ya imagino lo bonita que te verás.
Hace frío y no has llegado. ¿Debería empezarme a preocupar?
Tuve que pedir una copa de vino, necesitaba calmarme un momento. Te intenté esperar, pero los nervios me están matando.
Frente a mi hay una pareja. Se ven tristes. Espero que nuestra felicidad no los vaya a incomodar. Verás, ensayé toda la tarde lo que voy a decir. Tantos besos, tantos viajes, tantos días junto a ti. Me he vuelto impaciente, no soy el mismo si no estoy contigo. Sólo tú sabes tranquilizarme.
He perdido la noción del tiempo. La pareja se ha marchado y las demás mesas también. Estoy solo. Han apagado las velas de la mesa y las luces del lugar. Mi teléfono está sonando. Me da mucho miedo contestar. Lo contesto y no eres tú. Es una llamada desde el hospital. El anillo está en mi bolsa y creo ahí se quedará.